Camila sentía que había algo en su ser que la impulsaba a jugar y ese algo lo asociaba directamente con el corazón.

Me dijo que era agosto, que empezaba octavo semestre de medicina, y que su padre ya le había advertido sobre los peligros de distraerse con el juego, porque él, aunque amante del fútbol, consideraba banal el hecho de que ella participara tan de lleno en ese deporte. Sin embargo ambos se entendían bien y eso era suficiente en su relación.

Un día de ese mes, se levantó temprano, se arregló, desayunó mas bien con calma y salió rumbo a la Universidad. No había dormido mucho, la noche anterior estuvo un poco nerviosa, esperaba con ansía los partidos que venían y no quería que a su equipo le fuera mal , su mayor sueño desde pequeña siempre fue jugar al fútbol, y ahora después de tanto esfuerzo pertenecía a la mejor selección de fútbol femenino de su Universidad. Por eso en los campeonatos lo entregaba todo y en esa fecha el fútbol era su única ilusión.

Cuando llegó vio la cancha de siempre, la física y también la que tenía en su mente, pero fue como si las viera por primera vez. No había nadie, así que aprovechó para calentar sola sin que la interrumpieran, concentrarse le daba tranquilidad y le permitía sentirse segura antes del encuentro. Estos momentos la acercaban a si misma, estaba con su cuerpo, y sabía que en medio de esto su alma se las arreglaba para darle el respiro necesario.

El tiempo transcurrió, el cuerpo empezaba a reaccionar al estímulo, Camila no pensaba en ella, pero en medio de la gente que iba llegando, la vió y una vez fue suficiente para reactivar su memoria y para comprender que aunque ya no estaban juntas, definitivamente el fútbol no era tan sólo su pasión, sino el deporte que la niña mas linda del mundo practicaba junto con ella.

Hace unos días se habían visto, no recordó la fecha exacta, pero sabía que el encuentro no había terminado bien porque parecía que ambas tenían la cabeza revuelta, la situación entre ellas era casi intolerable y se sentían cansadas, las preguntas se habían vuelto insoportables. Nunca quisieron abrumarse tanto, lo único que querían era ser sinceras pero parece que eso en su mundo les costó bastante. Ese día sólo se vieron y en un intento por no decir nada su silencio lo dijo todo sin que se dieran cuenta, ninguna habló, pero eso bastó para que no siguieran siendo inmunes la una respecto a la otra.

15 minutos pasaron mientras se encontraron, los 15 minutos mas largos de sus vidas, ella la miraba, Camila la miraba también mientras recordaba, me contó que en su relación las reglas no fueron aliadas como lo habían sido tanto tiempo en el fútbol, no pudieron encontrar su propio arco y empezaron a buscar el de su rival. Era como si sus pies no estuvieran con ellas, como si no le obedecieran al corazón, al corazón no querían obedecerle, no deseaban ese infierno, tan sólo querían jugar como hasta ahora, pero en el juego su corazón estaba mandando, nadie lo sabía, pero Camila se desprendió de su cuerpo para engancharse con el alma de otra persona, y eso la hizo torpe en el deporte, hizo que se tropezara, su cuerpo no fue mas su aliado y tuvo que escoger.

El juego ya había comenzado en sus cabezas desde hace algunos meses y eso era lo que Camila me estaba diciendo. Que en su cancha, en su cama, la de sus mentes ahora sentía que eran rivales, los cuerpos que habían estado cerca para amarse, en su juego no se entendieron más, en medio de ellos sus miradas eran la revancha por los silencios, la indiferencia y el dolor que cada una asumió sin que la otra se diera por enterada. Entre tanto se volvieron la cabeza un caos, el que con seguridad tenían desde hace tiempo, intentaron darse la llave que abría sus vidas, pero olvidaron que esa era imposible de regalar y al parecer murieron en el intento de salvarse mutuamente, lo difícil fue enterarse que estaban jugando en equipos contraríos, por eso su comunicación núnca fue suficiente y eso fue algo que ambas notaron desde el principio.

Camila era buena, muy buena con el fútbol, pero sus sentimientos le jugaron una mala pasada y por primera vez se sintió dividida. Algo adentro le indicaba que ambas cosas no se podían tener al mismo tiempo, dos pasiones tan fuertes era imposible que una sola persona las llevara consigo por mucho tiempo. Sentía que ya había corrido bastante, que no tenía fuerzas, que simplemente no quería intentarlo más.

Me comentó que cuando la conoció no pensaba lo mismo, tenía muy claro que era lo que quería para su vida pero ella vino y le revolvió todo. Camila fue feliz con eso, con su compañía, con la tranquilidad de saber que había algo que compartían, no quería preguntarse por ese extraño impulso, nunca antes había sentido algo así por otra persona, pero le bastaba con saber que lo vivía y en medio de su serenidad estaba contenta, seguramente comprendía lo que era encontrarse con alguien en el camino y sentirse bien con eso. En sus otras relaciones Camila se fijaba en cosas que ahora le eran insignificantes, con ella no sentía ningún tipo de presión, la simple idea de compartir y de encontrar apoyo fueron su motivación y eso le daba fuerza.

Camila amaba en ella su fortaleza y su debilidad, lo femenino y lo masculino juntos, tan claramente diferenciados y tan comunes, una sola persona portaba esas dos dimensiones y darse cuanta de eso le asombró, le indicaba la integridad de un mundo que a ella le habían ensañado a medias, por pedacitos, y que ahora intentaba unir. Su relación le significaba la completud y la posibilidad de burlarse de tantos convencionalismos para hallar la felicidad.

En el juego como en el amor siempre se necesita a un otro, no sólo a los del mismo equipo sino a un contrario y Camila cometió un error que a casi todos los seres humanos nos cuesta bastante, jugó y no contó con ella, sintiendose sola no se pudo acercar, no había un otro y por eso sentía tanta rabia, sus preguntas, sus miedos y sus inquietudes fueron siempre las propias y era como si no tubiera a nadie, no la dejaron entrar y Camila odiaba los monólogos, el amor que sintió fue su cuestinamiento, el campo de juego de un momento a otro fue inmenso, su vida demasiado grande y se sentía lejos aunque ella la seguía acompañando. Se apartó porque quería pensar, pero conocerla y la soledad que eso implicó, la ayudó a descender buscando sentirse acogida, esta vez estuvo en el lugar indicado, en su propio ser, con su propio dolor y su imposibilidad, en ese lugar que nos dice que estamos en el hogar porque somos nosotras mismas o por lo menos a eso nos estamos acercando.

Salió literalmente a la cancha y jugó, perdió porque estaba sola, no sintió tristeza como era de esperarse, sabía que el día en que se enamorara iba extraviar no sólo el corazón sino también los pies, pero asumió el riesgo. Ahora Camila juega en otro equipo, en realidad no juega, se limita a observar. Todos los días es como si le regalaran sueños, la ve jugar en sus recuerdos y se esta viendo así misma, ese es su trofeo y en eso radicó su triunfo.

Esta historia me la contó hace poco tiempo, nos vimos en la Universidad, mientras hablamos la noté tranquila, y eso me dió la seguridad de que personas como ella logran arreglárselas para entender con el tiempo lo que les ha sucedido. Ayer le mostré lo que escribí, creo que hoy nos vamos a ver para tomar algo, le pedí que me hiciéra algunas sugerencias, ella también escribe.

Dedicado a mis dos amigas pasionales a quienes les encanta el fútbol. Porque me pude imaginar una realidad diferente.